Diálogo Íntimo con Jesús.
—Luego entonces, ¿no todos los que vuelven son ángeles obedientes Dios?
—No, no son todos, Asael. Entre ellos también vienen seres, que no habiendo alcanzado la perfección de la luz espiritual, descienden a repetir ciclo evolutivo a la tierra hasta poder alcanzar la perfección en la Luz del Espíritu.
—¿Y los ángeles caídos, Seño?
—Entre los que vienen a repetir ciclo evolutivo, entre ellos también descienden los ángeles rebeldes.
—¿A qué, Señor?
—Ellos también tienen necesidad de un cuerpo, y vienen a impedir que los demás evolucionen hacia la perfección de la luz. Intentan sumar, a los menos evolucionados, en sus rebeliones en contra de la luz, la verdad y el amor.
—¿Y por qué lo permite Dios?
—Digamos que forman parte de los hombres, como prueba de la perfección de la humanidad en obediencia y acatamiento a su naturaleza divina en la evolución de los hombres que repiten ciclo.
—¡No comprendo! —exclamo sorprendido.
—Dios, en su infinita misericordia, no desea que ninguno de sus hijos se pierda. El amor del Padre está por encima del bien y del mal, y no pretende, ni siquiera, la muerte de los ángeles sublevados. Pero, éstos, descienden sin memoria. Además, Asael, también descienden ángeles obedientes a Dios, para ayudar a los hombres a evolucionar hacia la luz.
—Señor, me siento muy confundido, y mi mente siente vértigo. No puedo asimilar tus palabras. Te ruego que me expliques este misterio con palabras que yo pueda comprender y asimilar.
—Sé, Asael, que en este momento, este misterio se encuentra velado de tu mente. Pero también sé, que tus ojos se abrirán y tu mente comprenderá en el recuerdo de la luz.
A través de todos los tiempos, la tierra ha sido escenario de cruentas batallas. Los viajeros de la luz han mantenido y mantienen, una guerra cósmica contra los viajeros de las tinieblas que obstaculizan los ciclos evolutivos de la humanidad que tiende hacia la luz del espíritu en su vida terrenal.
—¿Y por qué no podemos contemplar esas guerras?
—Las podéis ver. Sobre todo, sentir. Están dentro de los corazones de la humanidad. Es la batalla del amor contra el odio, la guerra de la luz contra las tiniebla y la oscuridad. La mente del hombre es su campo de batalla, y su corazón su única arma. Todos los hombres forman parte de esta guerra, unos como soldados de la luz, otros lo son de las tinieblas.
—¿Ángeles contra demonios? —pregunto perplejo.
—No, Asael. Son los que descienden a la tierra para evolucionar sin memoria de la luz. Ignoran el poder del Espíritu y su propia luz, sus recuerdos y su memoria. Y por esta ceguera combaten contra la luz y del amor, creyéndose ellos mismos la luz del mundo. Pero los iluminados, los siervos de Dios, se sacrifican por el amor y la verdad, para que los ciegos vean la verdadera luz espiritual.
—¿Quieres decir, Señor, la batalla de la humildad contra la soberbia?
—Más o menos, Asael.
—¿Y hasta cuándo, Señor?
—Hasta que todo sea perfeccionado en la Luz, hasta que el hombre alcance ver la misericordia del perdón de Dios.
—¿De qué nos tiene que perdonar Dios?
—En realidad, Asael, son los hombres los que se deben perdonar así mismos. El Padre ya los ha perdonado.
—¿Cómo puede el hombre perdonarse así mismo?
—Amándose él, y amando a sus semejantes con la misma fuerza.
—¿Quieres decir que los hombres no se aman ni siquiera así mismo?
—No de la forma que el Padre desea. Los hombres menos evoluciona-dos en el espíritu, llegan a amarse según los deseos de los ojos. Pero no se aman según el deseo del Espíritu Santo.
—¿Por qué por el deseo del Espíritu Santo?
—Porque es la bondad del Padre, el don y la fuerza del amor de Dios.
—¿Por qué me siento tan cansado, hasta el punto que deseo partir y no volver más?
Jesús me mira con infinita bondad, y me responde:
—Lo sé, Asael. Sé como te sientes. Todos sentimos algo parecido en la carne. Pero el Padre os necesita en la batalla del amor. Sólo la muerte física permite al hombre viajar hacia los mundos de la luz. Pero ninguno de los que han entrado en el Espíritu, se retiran de la batalla sin haber cumplido su misión de embajador de la Luz.
—¿Y yo uno de los que repiten nivel evolutivo, o soy de los que descienden para ayudar a evolucionar a los que repiten ciclo?
El Nazareno me observa en silencio unos instantes, y después me contesta:
—Es necesario que tú mismo lo averigües. Déjate llevar por el espíritu y haz caso a los impulsos de tu corazón, porque Dios se mueve con fuerza en los corazones de sus hijos.
—Pero, ¿y los prejuicios de los demás?
—Olvídate de los prejuicios que entorpecen y evitan los verdaderos deseos del Espíritu.
—Es lo que siempre he intentado hacer, Señor. Pero, ¿y las Escrituras que tus siervos enseñan en mi mundo?
—Debes escudriñarlas con el corazón y espíritu, y no dejarte llevar por los deseos de los ojos de la carne. Sólo entonces, podrás encontrar la verdadera vida que revela las Escrituras, y ser guiado por la verdad del Espíritu Santo.
—Señor, ¿por qué nos aterroriza tanto la muerte?
—Porque olvidáis lo que se encuentra detrás de la “puerta”. Porque el hombre teme fundirse con la nada y perder sus recuerdos. Sin embargo, la muerte sólo es el principio de la verdadera vida. En verdad te digo que la angustia del hombre se convertirá en gozo cuando atraviese la puerta por última vez y entre en el gozo del Padre.
—¿Cuándo será esto, Señor?
—Cuando se complete el número de los que aún están evolucionando hacia la Luz.
—¿Todos?
—Todos, Asael.
—Entones, Señor, ¿por qué todas las religiones del mundo enseñan que en los últimos tiempos vendrán juicios terribles sobre la Tierra, donde Dios mismo hará descender fuego sobre los hombres malvados como castigo por su incredulidad, diezmando a la Humanidad? ¿Es verdad, Señor, lo que se dice sobre la gran tribulación del fin del mundo?
Jesús parece no escucharme. Silencioso extiende las palmas de sus manos hacia la hoguera, como tratando de recoger su calor. Mientras tanto, yo espero su respuesta con ansiedad. Por un momento, el Nazareno entorna los ojos, como entrando en reflexión unos segundos. Y luego, dirigiendo su mirada hacia mi rostro, contesta con voz grave:
—El hombre, Asael, yerra mucho en sus propios juicios. Casi todos caminan ebrios en su propia verdad, tambaleándose en el camino del espíritu. Sin embargo, todos llegarán al final del camino y entonces se llevará una gran sorpresa.
Verdad es que todo apunta hacia una gran tribulación jamás vista en la tierra por ojo humano. Si embargo, el hombre no quiere comprender que, esta gran amargura no viene por deseo de mi Padre, y menos, para castigar con la muerte a sus hijos...
—¿Entonces, Señor...?
—En ese último tiempo de vuestra era, se enfriará el amor en la tierra... Las tinieblas se espesarán en gran manera, y el odio hará oscurecer las mentes de los hombres, y la guerra final será inevitable si antes no se convierten a la Luz. Si no lo hacen, el hombre empleará todos sus conocimientos adquiridos al servicio de la maldad. Sus inventos bélicos serán terribles y la Tierra temblará en angustia viendo como los hombres se exterminan los unos a los otros. Cuerpos diabólicos surcarán los cielos buscando aniquilar a sus víctimas. La tierra abrirá sus entrañas vomitan-do fuego y azufre, y los hombres se quemarán en su propio fuego ante el deseo del poder, y enloquecidos en su soberbia, no podrán detener el holocausto mundial...
—¡Pero eso es horrible, Señor!
—Espantoso es el odio y el egoísmo, Asael. Espesas tinieblas del mal es no tener amor.
—Pero, ¿y los inocentes?
—Los inocentes, Asael, no pasarán por la gran tribulación. Los que se encuentren en la luz, hayan trabajado en espíritu y en verdad, serán rescatados antes que se espesen las tinieblas y venga la destrucción.
—¿Cómo y por quién?
—Los mundos celestes están alertados y preparados para ayudar a los que creen y tienen esperanza en la Luz Suprema, y los que se encuentre en luz, verán el camino iluminado a pesar de las densas tinieblas que se manifestarán sobre la Tierra. Y la luz irá a la Luz, y las tinieblas no encontrarán la Luz, y los inocentes serán recatados hasta que termine la locura en la Tierra y sea iluminada.
—Pero ¿por qué no se evita semejante destrucción?
—Todos los mundos de la luz, se hallan trabajando en ese proyecto, para evitar que llegue tan horrible desgracia sobre la humanidad. Si embargo, existe un orden establecido entre los mundos celestes: El de no intervenir en la lucha armada ni forzar el orden de la Tierra. Sólo proyectar, sobre la humanidad, pensamientos espirituales de amor y de luz.
—¿Y por qué no pueden intervenir?
—Porque se rompería el orden cósmico establecido por los veinticuatro Ancianos, y que fue dado por la Luz Suprema.
Es este orden es lo que impide que se manifieste el fin de los mundos, y sólo venga el fin de los tiempos sobre la Tierra, pero no su destrucción. Sólo el fin de la era, donde la Tierra pasará a formar parte del gobierno de los veinticuatro Ancianos, y los hombres serán súbditos del reino eterno de la Luz.
—Señor, mi mente comienza a ser un torbellino con sólo pensar en tus revelaciones. Siento tal vértigo, que no puedo asimilar tus palabras. Pues todos mis razonamientos se me vienen abajo, y me siento como desnudo, engañado de lo que hasta ahora me han enseñado mi mundo; sobre todo, las religiones.
Señor, quisiera saber ¿por cuántas eras ha pasado la humanidad?
—Desde la creación, Asael, los hombres han pasado por doce Eras. Tantas como la Luz ha descendido a la tierra para alumbrar la oscuridad de los hombres. Sin embargo, en cada una de las Eras existe siete épocas, llamadas ciclos evolutivos donde los hombres evolucionan hacia la Luz.
—Quieres decir, ¿qué hubo doce creaciones y siete épocas de razas de hombres?
—No. Sólo existe una creación donde se manifiestan doce Eras. En cada Era, el Verbo de Dios, desciende a la tierra para guiar al hombre a los reinos celestiales del Padre. Cada una de las Eras, cuando se manifiesta el Hijo del Hombre, empieza el principio de las siete épocas, hasta finalizar los tiempos de cada una de las Eras y sus siete épocas con el fin de los tiempos, y luego, se manifiesta la nueva Era.
Sin embargo, en esas siete épocas, y después del sacrificio del Verbo de Dios, todos los hombres deben hacerse súbditos del reino eterno, para participar del gobierno de los veinticuatro Ancianos que adoran y obedecen la Luz Suprema del Eterno Dios.
—¿Me estás insinuando, Señor, que además de este nuestro mundo la Tierra, existen otros mundos?
—En verdad te digo, Asael, que muchos no comprenden la grandeza de vuestro Padre celestial. Sin embargo, en la Casa de mi Padre, existen muchas moradas esperando ser habitadas por sus hijos.
—Y los que habitan esas moradas, ¿también han pasado por los ciclos evolutivos de la Creación?
—Ellos, Asael, ya los han superado.
—Perdona, Señor, por mí torpeza. Pero tengo que preguntarte de nuevo sobre este tema. Antes has dicho que existe doce Eras, y en cada una de las Eras siete tiempos... Y mi pregunta es, ¿en qué Era estamos ahora y en qué tiempo vivimos?
—Entre las doce Eras, Asael, esta es la última. En cuánto a las siete épocas, esta es la primera ahora y aquí. Sin embargo, tu mundo, viviendo la misma Era, ha comenzado a vivir en la séptima época. Por lo tanto, el último tiempo de las siete épocas. Después vendrá el fin de los tiempos, donde se manifestarse la Nueva Era, en la cual sólo reinará el espíritu evolucionado.
—¿Quieres decir que no habrá más tiempos ni ciclos de evolución sobre la tierra?
—Así es, Asael. El tiempo no será más. Las señales del fin de los tiempos ya han empezado a manifestarse en tu mundo, mas no todos los hombres las creen.
—Y nosotros... ¿qué podemos hacer para detener esas señales y evitar el holocausto sobre la tierra?
—Sólo mostrar la luz, para que los hombres detengan sus tinieblas, para que la sensatez de la luz entre en sus mentes oscuras y desistan de su empeño de la inminente hecatombe que se ciñe sobre la humanidad.
—¿Y si a pesar de todo, no logramos detener las tinieblas?
—Ni carne ni sangre entrará en el reino del Espíritu, y no es porque mi Padre no lo quiera, sino porque la carne y la sangre no podría sobrevivir en los mundos de la luz, donde sólo puede entrar los espíritus evolucionados convertidos a la Luz Suprema del Padre. Ya que sus emociones terrenales terminarían destruyendo sus propias vidas carnales.
—Entonces, ¿qué sucederá con nuestros cuerpos terrenales?
—Serán renovados, transformados y eternos. Cuerpo y alma, formarán una sola cosa en la unión con el espíritu. Pues todo cuerpo necesita de un espíritu, y todo espíritu, necesita de un cuerpo. Primero lo terrenal, y después lo espiritual.
—¿Cómo serán nuestros cuerpos, Señor?
—Exactamente semejantes a los que ahora poseéis, pero renovado. Sin los obstáculos que ahora os sujetan, sin las barreras que ahora os impiden ser ligeros como el viento. Todo os será posible en la Luz.
—¿Por qué renovados, Señor?
—Porque no podrían “respirar” en una atmósfera donde reina el más puro amor del espíritu en la luz. Vanidades, egoísmos, envidias dañinas, odios, violencias y otras maldades no podrán manifestarse en el reino del Espíritu. No podrían “respirar” sin ser destruidos por su propia maleficencia. En los mudos de la luz, sólo existe bondad y purísima libertad.
—¡Eso es maravilloso, Señor! Pero, ¿qué me dices de los que han de ser condenados eternamente?
Jesús me mira con el entrecejo levantado. Es como si mi pregunta le hubiese molestado. Sin embargo, sólo es por un momento muy breve, casi, desapercibido. Luego me contesta con infinita paciencia:
—Si yo os enseño a perdonar a vuestros enemigos, ¿puedo pediros algo que el Hijo del Hombre no esté dispuesto a cumplir?
Si yo he manifestado, que ha pesar que los padres terrenales no son buenos, y aun así, cuando un hijo le pide a su padre un pez, ¿acaso le da una serpiente? O cuando le pide un trozo de pan, ¿le da una piedra? Pues, si los padres terrenales saben dar buenas viandas a sus hijos, ¿cuánto más os dará vuestro Padre celestial? ¿Acaso puede un padre terrenal ser más misericordioso que su Padre celestial?
—¡Creo que no, Señor!
—¡Ni lo dudes siquiera, Asael!
—Entonces, ¿la condenación eterna...?
—No existe tal, y muchos lo saben.
—¡No entiendo, Señor!
—Si la justicia humana, Asael, sabe poner límites a la condena de los malvados, y si los jueces terrenales ponen fin a las condenas de los reos y les da la libertad, ¿acaso los jueces terrenales son más justos que el Juez celestial?
— Creo que no, Señor.
—Nadie hay que sea más justo y más misericordioso que mi Padre celestial —exclama Jesús alzando la voz.
—Luego entonces, ¿no existe infierno ni lago de fuego y azufre?
—Existe, Asael. Pero no como el hombre lo imagina.
—¿Qué pues el infierno, Señor?
—Estar separado de Dios.
—¿Y el lago de fuego y azufre?
—Las pasiones desenfrenadas de los hombres ciegos en la soberbia del mal. El infierno es no tener esperanza ni fe en la vida después de la vida. Tener que repetir ciclo evolutivo sin memoria del cielo. Vivir una vida de egoísmo e incredulidad del Espíritu.
—Pero eso ya ocurre ahora aquí en la tierra. Lo que yo pregunto, Señor, ¿es si hay condena eterna en el lago de fuego y azufre? Y si no es eterna, ¿por cuánto tiempo cumplirá condena pecador?
—Todo dependerá de sus fechorías y de sus maldades. Hasta que el fuego purificador acabe quemando sus malas obras de tinieblas. Cientos, quizá miles de años...
—Pero Señor, mientras tanto cumplen condena de purificación, ¿cómo pueden vivir sus familiares en el cielo sabiendo los sufrimientos que han de pasar los condenados? No se puede vivir sintiendo el cielo mientras la familia es condenada al infierno. ¿Acaso se les borrará la memoria para que no recuerden los sufrimientos de sus parientes y poder así vivir feliz el cielo?
—No, Asael. Ni a salvos ni a condenados se les borrará la memoria. Pues, el gran gozo de los salvos, es su propio recuerdo de lo que fueron y serán en los mundos de la luz. Así mismo es la memoria de los condenados, el lloro y el crujir de dientes. Sin ella, no podrían recordar lo que hicieron en tinieblas y lo que podrían haberse evitado en la luz del espíritu. Por esto deben tener memoria en la purificación de sus maldades, hasta ser quemada todas sus obras, que ellos mismos recordarán llorando.
Sin embargo, Dios misericordioso, en su Infinito Amor de Padre, no los condenará por ser malos, sino que los purificará para que puedan habitar en los reinos del Espíritu al no haber aprovechado sus ciclos evolutivos en la tierra para llegar purificado a la Luz.
En cuanto al sufrimiento de los familiares, no existen tales sufrimientos. Por cuanto no podrían vivir, el regalo del cielo...
—No entiendo, Señor. Si los salvos y los que deben ser purificados tienen memoria y recuerdos, ¿Cómo se les puede evitar el recuerdo de los condenados?
—Sólo unos pocos saben de la grandeza y la gran misericordia de Dios. Para muchos hombres “este misterio’ esta velado de sus ojos, porque aún están en oscuridad y no pueden entender. Pero, para los espíritus evolucionados, el “misterio” deja de ser “misterio” haciéndose una realizad en la luz. En el Reino de mi Padre no existe el tiempo, toda la eternidad es semejante a un día eterno. Sin embargo, para los condenados a la purificación espiritual, el tiempo acontece exactamente como trascurre ahora en la tierra. Su tiempo de purificación puede durar, como ya te he dicho, cientos o miles de años terrestres. Sin embargo, para los que viven en los reinos celestiales, antes que éstos puedan notar la falta de los que han sido mandados a purificación, ya habrán vuelto junto a sus seres queridos, limpios de toda obra de maldad, transformados y eternos con Dios.