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  • 22-. DIÁLOGOS ÍNTIMOS CON JESÚS. (MI LIBRO).

    Diálogo Íntimo con Jesús.

     

     

       El Nazareno me mira con semblante divertido, y me contesta:

       —Recuerda, Asael, que yo he testificado: “En la Ca­sa de mi Padre muchas moradas hay” Si así no fuera, yo no lo hubiese testificado. Pero, por cuanto es verdad, os lo he dicho.

       —¿Otros mundos, Señor?

       —Otras moradas, Asael —dice el Galileo sonriendo.

       —Señor, en mi época se dice: que toda vida que no procede de la Tierra, es vida extraterrestre...

       El Maestro me observa con curiosidad y en silencio.

       —¡Vida extraterrestre! –repite en voz alta–. ¿Y qué saben los hombres sobre mundos extraterrestres?

       —Nada o muy poco, Señor.

       —Sin embargo, Asael, tu mundo testifica que toda la vida que no procede de la Tierra, es vida extraterrestre. Y sin embargo, ignoran la verdad  de los reinos  de los cie­los  y  la vida  con el Padre. ¿Cómo puede pensar el hombre, que habiendo sido crea­dos los infinitos cielos, sólo podría llegar el Amor de Dios sobre la Tierra? En verdad te digo que este pensamiento viene por el egoísmo de mentes ignorantes y sin luz.

       Las palabras del Nazareno me dejan sin aliento, y con fascinación le pregunto:

       —¿Quiere decir esto, Señor, que existe vida en otros planetas?

       Jesús eleva la vista hacia el cielo estrellado, y yo, siguiendo su mismo ejemplo, hago lo mismo. Millones de estrellas parece que me guiñan los ojos. Y el Maestro, sin dejar de admirar el cielo estrellado, me dice:

       —Toda vida, Asael, procede del Padre. Nada existe fuera de Dios. Muchos creen, de corazón, en la vida de los cielos, eterna y perfecta. Y en verdad te digo que los reinos de la luz existen y son una realidad. Por tanto, ¿qué es terrenal y qué extraterrestre?

       Yo digo: que el Hijo del Hombre no es de este mundo, como también testifico: que muchos no son de este mundo  y no lo creen. Sin embargo, en la Casa de mi Padre muchas morada hay.

       —¿Quieres decir, Señor, que nos esperan otros mun­dos celestiales y que viviremos, no sólo en la tierra, sino también en el cielo?

       —Cielo y Tierra será una sola cosa. El reino de los cielos, Asael, se extiende sobre los hombres. Y vendrá el día postrero donde todos los mundos se encontrarán unidos por la Luz, a través de la “escalera” del espí­ritu y el Amor del Padre.

       —Una cosa más, Señor. Cuando la Escritura dice: que seremos reyes y sacerdotes, ¿qué quiere decir?

       —Simplemente, que ya lo sois. Todo hombre es un rey y un sacerdote en sí mismo...

       —Sí. Pero, esto es sólo en conciencia. Sin embargo, no se realiza realmente en nuestras vidas.

       —Y sin embargo, es una realidad, Asael. Pero, sólo en los postreros tiempos, cuando todo haya concluido, muchos tomarán sus coronas y se vestirán con las ropas sacerdotales para servir al Altísimo. E irán a sembrar la semilla de la luz en los mundos de oscuridad, donde la vida comenzará a asomar. ¿Comprendes, Asael?

       —¡Creo que sí, Señor!

       Y Jesús, mirándome complacido, me dice:

       —Las tinieblas, Asael, se preparan para dar paso a la luz. Un nuevo día aparecerá pronto por el horizonte y el mundo entrará nuevamente en sus pasiones. Por tan­to, reposemos para poder saludar al nuevo día con gozo y vigor.

       El Nazareno se retira a descansar,  dando por terminada nuestra larga y provechosa conversación junto a la hoguera del campamento. Yo quedo un poco más al lado del rescoldo, observando la agotada lumbre.

       Ahora la noche, aparece mucho más clara. La luna se pasea por el firmamento, acompañada por millares de es­trellas hacia su alcoba nupcial. Por ella deduzco que debe ser alrededor de las cuatro de la mañana.

       El campamento se halla en total silencio, y sin poder evitarlo, pienso en las respuestas que Jesús ha dado a mis preguntas. Impresionado aún por sus revela­ciones, me siento feliz y contento. Aunque a decir ver­dad, no sé si he comprendido toda la profundidad de su palabra. O dicho de otra manera, quizá mi mente se nie­gue a asumir algo tan maravilloso como es la vida fu­tura que nos espera en el cielo. Algo tan irracional para la mente humana, que lo único que tengo claro, es que Jesús es ¡el Maestro! Y con él, todo me parece más sencillo de comprender. Me siento tan gozoso a su lado, que incluso, a veces; olvido que deseo volver a mi mun­do donde espera mi familia.

       Con este pensamiento, deseando ardientemente retor­nar junto a los míos, me retiro a descansar. Pues me siento tan rendido, que los ojos se me cierran de sueño. Y como bien dice el Maestro, debemos recuperar fuerzas para poder saludar al nuevo día con vigor y gozo.

  • ¿POR QUÉ?

    -¿Por qué?
    -¿Por qué, qué?
    -¿Por qué eres así?
    -¿Así cómo?
    -Pues… así como eres tú.
    -Como no me des más pistas.
    -Tú ya sabes.
    -Pues no, no sé.
    -De la manera que tú eres.
    -Ya estamos con lo mismo de siempre.
    -No, lo mismo de siempre no. Esto es diferente.
    -No. Es lo mismo. Siempre estás igual.
    -Porque tú no cambias.
    -Yo soy como soy y punto.
    -Pero actúas de otra forma conmigo.
    -Sabes que no es cierto. Siempre estoy de tu parte.
    -Solo cuando te interesa.
    -Estás de mala leche.
    -Y tú te has levantado de la cama con el pie izquierdo.
    -Me parece que esta vez no tienes razón.
    -Es que ya empiezo a estar un poco cansada.
    -Pues hablémoslo.
    -Y ¿qué estamos haciendo?
    -Es que tú te cierras en banda.
    -He sido yo quien ha iniciado la conversación.
    -Nada más que para ponerme de mal humor.
    -Tengo la sensación de que no quieres arreglarlo.
    -Es que no sé si vale la pena.
    -¿No vale la pena salvar nuestra relación?
    -Yo no he dicho eso.
    -Has dicho que no vale la pena.
    -Esto no puede seguir así.
    -No haces más que discutir conmigo.
    -Eres arrogante.
    -Y tú agotadora.
    -Y tú un imbécil.
    -Y tú una neurótica.
    -Te quiero.
    -Y yo también te quiero.
    -Siempre te he querido.
    -Eres mi vida.
    -Mi amor.
    -Me alegro de haber hablado sinceramente contigo.
    -Y yo también.
    -Y yo también…

  • 21-. DIÁLOGOS ÍNTIMOS CON JESÚS. (MI LIBRO).

    Diálogo Íntimo con Jesús.

     

     

       —¡Es maravillosa tu revelación, Señor! Pero, si no he comprendido mal, ¿es ahora aquí en la tierra nuestro infier­no, y las pasiones nuestro fuego y azufre?

       —Todo depende, Asael, de la oscuridad y de la luz que haya en las mentes de los hombres. La oscuridad y las tinieblas que rodea el mundo, hacen que el hombre viva en un infierno. Pero la luz rompe tinieblas, haciendo que los hombres con luz, puedan vivir por la fe en un paraíso terrenal, hasta que se manifieste en la Tierra un nuevo Edén celestial. Sin embargo, mientras se manifiesta el Paraíso celeste, los hombres egoístas, en su odio y ceguera, amenaza con un infierno y lago de fuego y azufre eterno. En su deseo de dominar a los hombres, para poder obtener el poder terrenal, intentan llevar a los demás a su propio infierno particular de oscuras y densas tinieblas mentales.

       —¿Quieres decir que tampoco en la tierra existe el infierno? 

       Pregunto sorprendido.

       —Lo que te estoy diciendo, Asael, es que en los mundos celestes no puede existir el infierno. Sólo en posible en la tierra, y éste, creado por el hombre en sus mal­dades y tinieblas.

       —Entonces, Satanás y sus demonios, ¿quiénes son? ¿Son reales o sólo es un invento de los hombres religiosos?

       Jesús se arrima un paco más al fuego, la hoguera co­mienza a perder su fuerza y la noche está ya muy avanzada. Después de un breve silencio, el Nazarena me contesta, diciéndome:

       —Cuando el hombre empieza a dudar del mal, ter­minan no creyendo en el bien. Empieza a no creer en la existencia de Satanás, y terminan rechazando a Dios.

       El Diablo existe, como existen ángeles rebeldes llama­dos demonios. Satanás es el origen del pecado, y por tanto, el origen del mal. El primer ángel rebelde que se envaneció de la luz, la que recibió delante de la Luz Suprema del Creador. Y con él, cayeron otros ángeles en la soberbia de Satanás y todos se convirtieron en mensajeros de maldad de las tinieblas. Sin embargo, Satán ni sus demonios nada pueden en contra de la luz; porque las tinieblas no tienen poder sobre la luz.  Satanás y sus secuaces, sólo podrán existir, como mensajeros del mal, mientras existan hombres en la tie­rra en oscuridad y se dejen guiar por las tinieblas y el deseo de su egoísmo, rechazando la luz del Amor del Padre celestial. Sin embargo, cuando todos los hom­bres sean purificados en la Luz bondadosa de Dios y sus mentes estén iluminadas, el mal dejará de existir. Entonces Satanás y sus demonios, habrán perdido la bata­lla. Porque la luz hace que las tinieblas retrocedan y aparezca todo radiante.

       —¿Quieres decir que Satanás y sus diablos serán exterminados ante el Poder de Dios?

       —El  mal será exterminado, y cuando la maldad ya no exista más, toda la Creación volverá a Dios.

       —¿También Satanás y sus demonios? —pregunto con in­credulidad.

       —¿Acaso crees, Asael, que Dios, en su Infinita y Eterna  Misericordia, puede consentir que uno sólo de sus hijos se pierda?

       —No. Y lo digo de corazón, Señor.

       —Entonces, ¿qué opinas sobre la condenación de Satanás y sus demonios?

       La pregunta del rabí me deja perplejo y sin aliento. Y sin embargo, es un gran honor que me pida mi opi­nión en algo tan trascendental e insólito.

       —No sé qué opinar, Señor. Es algo tan incomprensible que muy pocos hom­bres han llegado a preguntarse. Sin embargo, como tú dices Señor: Dios, en su Eternidad y en su Infinita Mi­sericordia, ¿puede consentir que por toda la eternidad, presente y futura, cuando en la consumación del mundo del pecado, ya no existan hombres pecadores ni estirpes, puede continuar existiendo el infierno co­mo testimonio eterno de un castigo por el pecado que ha sido cometido en el tiempo?

       Y Satanás y sus demonios, también ellos víctimas de una decadencia por su pecado voluntario, análogo, en el fondo, en su dinámica, al pecado de los hombres, ¿no merecerán ellos mismos una salvación final en la Misericordia de Dios que ha salvado a los otros peca­dores?

       Jesús me mira en silencio. Su rostro se muestra im­penetrable ante mis ojos, al final sonríe y me dice:

       —Tu razonamiento, Asael, está lleno de luz. Sin embargo, ese juicio aún está en las manos de mi Padre.

       —Lo sé, Señor. Tampoco se trata de lo que pueda pen­sar los hombres, sino de lo que piense Dios. También las Escrituras hablan de una condenación eterna para to­dos los pecadores que han rechazado la Verdad y el Amor de Dios... Sobre todo, para Satanás y sus seguidores.

       —Todo el pecado tiene que ser purificado y destruido. Sin embargo, ya te dije que, para los hombres condena­dos a la purificación, habrá un termino de las penas.

       Santo es quien está cerca de Dios; lejos de Dios, nadie puede ser eterno, y por eso, todos los condenados tendrán que venir finalmente a Dios y ser santos.

       —Difícil me es comprender tu revelación, Señor. Espinoso me es perdonar –ya no al Diablo al cual no veo– sino ni siquiera perdonar a los que tanto mal nos ha­cen con sus tinieblas. A esos sanguinarios asesinos que por ansia de poder, tanta sangre se derrama en el mundo para obtener la primacía del poder mundial. Esos san­guinarios asesinos de la humanidad, dejan morir a los niños de hambres y de miseria a sus padres, trayendo guerras sangrientas sobre los jóvenes, enfermedades y pestes. Creo que no podré perdonar a esos desalmados, Señor.

       El Maestro me contempla en silencio, y alargando su mano hacia su derecha, recoge unos palos de leña y aviva de nuevo la lumbre. Después, dirigiendo de nuevo su mirada a mi rostro, me dice:

       —Los ricos en la gracia de mi Padre, pueden ser muy generosos, Asael. Y aunque tus pensamientos siguen sien­do muy razonables, aún sigues en la tierra. Y mientras estés en un cuerpo terrenal, no podrás entender la fuer­za de tu luz, ni la profundidad del perdón de Dios.

       Si la justicia de Dios, fuese la misma que los hombres demuestran con sus semejantes, ni un sólo hombre se sal­varía, por cuanto todos son pecadores. Pero, la Justicia del Padre, es celestial, y su perdón divino.

       Muchos hombres, Asael, abusan echándole todas las culpas a Satanás por los pecados que ellos mismos cometen en su egoísmo y deseo de poder. También, a veces, el diablo es un obstáculo en la lucha contra la superstición de los hombres que viven en oscuridad mental. Satanás es la personificación del mal que existe en el mundo, pero a veces, es el mismo hombre quien manifiesta las tinie­blas en el mundo. Cuando esto ocurre, la gente que pre­tende hacer responsable al diablo de sus tentaciones, lo único que pretende es acallar sus conflictos inter­nos engañando a su conciencia.

       —Entonces, ¿no existe Satanás, sino sólo la maldad de los hombres?

       —Existe... Aunque su presencia no es totalmente como los hombres imaginan.

       —¿Qué aspecto tiene?

       —El aspecto que tiene los ángeles, muy bello. Pero sólo en su exterior. Por dentro, es la fealdad del pecado.

       —Señor,  hay algo que no logro entender, y me preocupa mucho...

       —¿Qué es lo que tanto te preocupa, Asael?

       —Los niños, Señor...

       —De los niños, Asael, es el reino de los cielos, y la alegría de la tierra.

       —Y yo lo creo, Señor. Pero, aunque son la alegría de nuestras vidas y de no concebir un mundo sin niños, no es eso lo que no entiendo ni es lo que me preocupa en estos momentos...

       —Pues, ¿qué, Asael? —me pregunta con una sonrisa de complicidad, como sabiendo de antemano lo que me inquieta.

       —Tú, Señor, me has enseñado que estamos aquí en la tierra para evolucionar hacia la luz. Sin embargo, hay niños que nacen y mueren sin haber tenido la oportunidad de un desarrollo carnal ni espiritual. Es decir,  no han llegado a ser hombres adultos. Y mi pregunta es: Estos niños, que suben al cielo, ¿seguirán siendo ni­ños para toda la eternidad, o por lo contrario, en el cielo continúan su desarrollo que le fue negado en tierra y se con­vierten en hombres? Si es así, cuando sus padres se encuentren con ellos en el cielo, ¿cómo podrán reconocer a sus hijos si partieron siendo niños?

       Una suave sonrisa aparece en los labios del Nazareno. En su mirada hay ternura y compasión, de tal forma, que me hace sentirme como un niño, y me responde:

       —Nada imperfecto existe en el reino de mi Padre, to­do es perfecto y acabado en el reino del Espíritu. La Misericordia y el Amor de vuestro Padre celestial es tan Sublime, que hace que los niños que mueren sin haber alcanzado su desarrollo en la tierra, no vuelvan a repetir la experiencia de más ciclos evolutivos entre los hombres. Su desarrollo y perfección lo termi­nan sin el dolor de las tinieblas de este mundo, sino en los mundos de la luz. Sin embargo, este desarrollo, no se cumple por medio de las leyes terrestres, sino por medio de las leyes de la luz dadas a los veinticua­tro Ancianos que obedecen y adoran la Luz Suprema.

       Los niños que mueren sin haber podido evolucionar en la tierra, son transportados a los mundos de la luz. Sin embargo, no desarrollan sus cuerpos carnales. Sólo sus mentes y sus espíritus, alcanzan la perfección de las virtudes. Sus cuerpos esperan a que se manifieste la resurrección de los últimos tiempos donde todos los cuerpos que duermen sobre la tierra, saldrán a resurrección e irán al encuentro de la luz. Y entonces, recuperarán sus cuerpos incorruptos y eternos. Mientras tanto, sus cuerpos, ahora, son de pura energía espiri­tual, de luz resplandeciente. Tan bellos, que ni siquie­ra el hombre más evolucionado en la tierra, podría ima­ginar tanta belleza.

       Las palabras del Galileo, me impresionan. Hasta tal punto que me deja como embelesado. Y mi corazón salta de inmenso gozo.

       —¡Eso es maravilloso Señor! Pero, ¿tienen sentimientos? ¿Nos verán? ¿Nos conocerán?...

       —No sólo os conocerán, sino que ahora os conocen. Os conocen por dentro y por fuera, carnal y espiritualmente. Ningún ser creado puede conoceros como ahora os conocen ellos. Sus sentimientos son perfectos, y el amor que sienten hacia vosotros, es tan puro, que os aman sin reservas. A pesar de las imperfecciones que existen sobre la tierra, os quieren y os comprenden.

       —¿Quieres decir, que su amor no es egoísta?

       —En los reinos de la luz, Asael, no existe el egoís­mo. La ingratitud sólo puede existir en la tierra.

       —¡Verdad es, Señor! Pero, ¿seguirán toda la eterni­dad siendo niños?

       —No. En la resurrección de los cuerpos, cuando se ma­nifieste el fin de los tiempos, recuperarán sus cuer­pos transformados y eternos y dará lugar a su desarro­lle corporal transformándose en adultos. Sin embargo, ni siquiera ahora son niños como el mundo ve a los ni­ños. Son llamaradas de luz espiritual, mentalidades rebosando en el conocimiento y en el amor.

       —¿Viven felices?

       —Tan felices, que ningún hombre puede imaginar tal felicidad y gozo.

       —Y si ellos nos conocen, porque nos ven desde el cielo, ¿cómo los reconoceremos nosotros?

       —Porque los veréis tal y como se fueron. Sin embar­go, cuando todo sea consumado sobre la Tierra y todo venga a la luz, recuperarán sus vestiduras carnales, incorruptas y eternas; y los cuerpos de luz tomarán de nuevo sus vestiduras carnales, transformadas y eternas, y los niños empezarán a desarrollar sus cuerpos interrumpidos en la tierra, y se convertirán en adultos cre­ciendo delante y junto a sus padres.

       —Y los que mueren en la ancianidad, ¿qué pasará con sus cuerpos viejos y corruptos?

       —Exactamente igual que ocurrirá con los niños.

       —¿Quieres decir, que todos resucitaremos con el mismo cuerpo en el que fue interrumpida la vida en la tierra?

       —No exactamente, sino con un cuerpo reformado y eter­no. Todos debéis abandonar vuestras vestiduras corrup­tas, para vestiros de incorrupción. Fuera del cuerpo carnal, no existe la edad, ni las ataduras terrenales. Niños y ancianos toman el mismo cuerpo de luz. Todos salen a la luz, a la perfección del espíritu, hasta el Día de la Consumación de la carne.

       En ese Día,  acontecerá lo mismo  que sobrevendrá  a los niños, pero al contrario: mientras que los niños desa­rrollan sus cuerpos, hasta llegar a ser adultos junto a sus padres, los ancianos desarrollarán un cuerpo jo­ven junto a sus hijos. Sin embargo, no solamente por sus cuerpos se conocerán, sino que, los que han parti­do y han atravesado el “puente” hacia la vida eterna, ya se conocen por sus vestiduras de luz. Aún así, es necesario que, de la misma forma, que han evolucionado el espíritu, evolucione el cuerpo en la perfección de la luz.

       Y sobre todo, debes saber, Asael, que en el reino de los cielos, los niños no tienen necesidad del consejo de los ancianos, ni los ancianos tienen necesidad de la ayuda de los jóvenes. Conocimiento y juventud se unirán formando al hombre perfecto.

       —Pero, Señor, si el niño se desarrolla en adulto, y el viejo en joven, ¿qué límite habrá en la edad de ambos para que se detenga el progreso en la juventud?

       —La juventud que obtendrá la nueva humanidad, será de 22 años de edad la mínima, y de 33 años la máxima.

       Cuando el Hijo del Hombre retorne a la Tierra, habrá un ciclo de mil años terrestres, donde será perfeccio­nada toda la Creación. Toda carne será renovada, y el cielo y la Tierra será transformados, y la muerte será absorbida por medio de la vida. Todo lo corruptible se vestirá de incorrupción, y todo ser será eterno a la ima­gen y semejanza de Dios.

       —Pero, Señor... Un mundo sin niños... es muy triste y aburrido, ¿no?

       —No, Asael. En el reino de mi Padre, no existe la tristeza. Todo es alegría y gozo, y nadie está ocioso. Los niños sólo son necesarios como una necesidad terrenal, y a veces, un egoísmo de los padres terrenales. Sin embar­go, no saben que los niños son las vestiduras de los ancianos, para poder seguir evolucionando hacia la luz. Pero, cuando espíritu y carne son perfeccionados, habrá terminado toda misión evolutiva, y por tanto, también los nacimientos.

       —¿Reconoceré a mi mujer y a mi familia? ¿Qué rela­ciones tendremos en la vida eterna?

       —Lo que Dios a unido, que no lo separe el hombre. Esta es la Ley de Dios, y nadie podrá separar vuestras vidas en el reino de los cielos. De la misma manera que reconoceréis a vuestros hijos, obviamente, también de la misma forma reconoceréis a vuestras mujeres y a vuestra familia. Sin embargo, vuestras relaciones no serán carnales sino perfectas, por cuanto toda carne habrá cumplido su cometido. Estas serán del más puro amor espiritual. Y os conoceréis como jamás os habéis conocido durante vuestra vida terrenal. Pues en verdad te digo, Asael, que aún no habéis llegado a percibir  quiénes sois,  de dónde provenís  ni a dónde  os dirigís con certeza, hasta que no alcancéis ver la luz.

       —En realidad, Señor, muy poco sabemos...

       —Sin embargo, yo testifico: Nada hay encubierto que no salga a la luz.

       —Señor, ¿existirá libre albedrío en el cielo?

       Jesús sonríe de nuevo, y me responde:

       —Si lo más sublime en el cielo y en la tierra, es la libertad que brota de la fuente del Padre, ¿cómo Dios va a negar la libertad a los hombres? ¿Acaso Dios puede negar a Dios? ¿No es la libertad, junto con la verdad y el amor, la manifestación más grandiosa que el Padre ha entregado a todos sus hijos? Y si todo el conflicto cós­mico, viene dado porque Dios no desea la esclavitud de los hombres, y toda lucha es el deseo de recuperar lo perdido, ¿cómo puede dudar el hombre de su libre albedrío en el cielo? ¿No es la misma liberta uno de los dones di­vinos el cuál persigue alcanzar todo hombre?

       Sí, Asael. Todos los seres en el reino de los cielos, viven en libre albedrío.

       —¿Y qué nos impedirá pecar de nuevo, Señor?

       —Vuestra perfección y recuerdo de vuestras vidas pasadas os impedirán realizar lo imperfecto. Y sobre todo, el Infinito Amor de Dios.

       —A veces, Señor, he reflexionado en la resurrección de todos los seres que han pasado por la tierra, y hay algo que no puede asumir mi mente. Y pienso: Si todos resucitamos salvos y eternos, ¿cómo vamos a caber tan innumerable cantidad de gente en la tierra? Según mis cálculos, Señor, esto es imposible porque ni siquiera de pie podrían estar sobre la faz la Tierra.

  • CAPERUCITA RETURNS

    -¿Por qué no te cortas esa perilla? Me haces cosquillas – dijo Caperucita Roja, abrochándose la camisa delante del espejo.

    El lobo, mirándola a los ojos a través del espejo, volvió a sentir la familiar sensación de que el cuento lo escribían ellos cada día. Se acercó pensando que la abuela tardaría por lo menos media hora en volver del bar.

  • LA LUNA DESCENCÍA DEL CIELO.

    La luna descendía del cielo

    como una bella una dama

    y entrando por mi ventana,

    se posaba en mi cama

    besos de amor me daba.

     

    Su luz maravillosa

    mi habitación inundaba,

    roces y cariarías

    hasta la madrugada.

     

    Al llegar la aurora

    de mi sueño despertaba

    asomado a la ventana

    guiños y reflejos despedía

    en su viaje mi luna plateada.

     

    El sol que te influye vida

    el romanticismo obstaculiza

    enfrentándote a la vida

    a la lucha cotidiana,

    rompiendo en mil pedazos

    los sueños de un enamorado.

     

    ¡Aléjate de mí razón!

    ¿Por qué me haces sufrir?

    prefiero soñar mi si razón

    que vivir condenado

    en un mundo sin ilusión.

     

    ¡Aléjate sol, deja paso a la luna!

    quiero ensoñar que a mi cama vuelve

    besando mi boca, con sus besos de luz

    acariciado mi cuerpo, jadeante de amor

    y rendido a sus brazos, de este sueño

    jamás despertar.

  • amigos

    "Yo te quiero... pero como amigo",le dijo eso con una sonrisa mientras le acariciaba la mejilla izquierda. "Como amigo, como amigo.... ¿Que cojones quiere decir eso de que me quieres como amigo? Que te hago compañia como un perrito o que me necesitas como el rumor de fondo de la televisión en los momentos de soledad. ¿Y yo qué? Yo te arrancaría la ropa ahora mismo y te haria cosas que probablemente sobrepasen los limites de la amistad", pensó mientras besaba esa mano que se deslizaba con dulzura "amigable" por sus pomulos. "Claro que sí, ya sabes que en mi tienes un amigo para siempre", le dijó mientras se daba un atracón con su propio orgullo.

  • sencillez

    "Esto es muy sencillo. Sólo hay dos opciones: si o no. La vida es muy sencilla pero nosotros somos demasiado complicados", ella lo miró con cara estresada, intentando decidir en un instante lo que, en otras condiciones, le hubiera llevado varios días de sopesar pros y contras. Porque ella necesitaba escribir en su libreta amarilla las cosas a favor y las cosas en contra para poder decidir. Ahora estaba allí, pensando, decidiendo a contrarreloj, presionada... Sus manos sudaban, su frente empapada con la fría humedad de la incertidumbre... Cerró los ojos un instante. Él esperaba en silencio, mordiendo ligeramente su labio superior, con la inquietud de saber de que ese momento era, para bien o para mal, un punto de inflexión en su vida. Ella abrió los ojos despacio, y el rostro de él se le fue apareciendo poco a poco como en un sueño. Entonces los tuvo claro, acercó sus labios a los de él y se dejó llevar. "Creo que voy a seguir soñando", él no esperaba esa respuesta, pero aquel beso no dejaba lugar a dudas, o sí.....

  • EL ALMUERZO

    El almuerzo es la comida más importante del día.
    Desde pequeño recordaba esta frase, junto con las frases más célebres repetidas hasta la saciedad por su siempre preocupada madre: “Mira antes de cruzar la calle, que solo tengo un hijo”. O bien: “No hables con desconocidos que se llevan a los niños”…
    Recordaba a su madre como una mujer voluminosa, con su bata de flores tropicales, y su eterno trapo del polvo en la mano. De ella había aprendido que por la noche se tenía que poner un jersey porque refrescaba, que a la puerta del colegio daban caramelos con droga, que de mayor comería carne, y que se le iba a poner la cabeza cuadrada de tanto ver la tele. Su padre se limitaba a asentir con la cabeza dándole la razón, repitiendo siempre:
    -Sí, cariño, sí…
    Protectora y absorbente, su madre tenía una frase para cada ocasión.
    -Tu madre es la que más te quiere en el mundo, y sabe lo que necesitas.
    -Si no comes carne te entrará la anemia.
    -Acábatelo todo que hay niños en África que no tienen nada que llevarse a la boca.
    Pero sobre todo, la frase preferida de su madre era:

    -El almuerzo es la comida más importante del día.

    Su madre sí que sabía de qué hablaba. Seguía siempre sus consejos al pie de la letra, por muy difícil que le pareciera, pues una madre tenía que saber de estas cosas, ¿no? No quería de ninguna manera que se le pusiera la cabeza cuadrada o que le entrara la anemia. No dejaba nada en al plato, ni aunque fueran espinacas, que era lo que menos le gustaba del mundo.
    Ahora que ya era adulto, habría dado lo que fuera por poder agradecer a su madre todas esas enseñanzas tan valiosas que un día le prestó y que tanto le habían ayudado en su desarrollo intelectual, haciéndole poco a poco un hombre de provecho.
    Absorto en sus pensamientos, se levantó del sofá y se dirigió hacia el congelador para sacar algo para el almuerzo. Abrió la tapa y rebuscó entre las bolsas pulcramente clasificadas con etiquetas con el contenido. Dudó entre dos paquetes clasificados como “Ángela”, pero finalmente se decidió por el más grande. Al fin y al cabo, el almuerzo era importante, y ahora sí que podía comer carne. Lo colocó en un plato para que se descongelase, impaciente por saber que parte del cuerpo era la que había elegido hoy para comer, y como la cocinaría.

    Y una cosa tenía muy clara. No se pensaba levantar de la mesa hasta haber acabado con todo el plato. Ya se lo decía su madre…

  • 20-. DIÁLOGOS ÍNTIMOS CON JESÚS. (MI LIBRO).

    Diálogo Íntimo con Jesús.

     

     

       —Luego entonces, ¿no todos los que vuelven son ánge­les obedientes Dios?

       —No, no son todos, Asael. Entre ellos tambi­én vienen seres, que no habiendo alcanzado la perfecci­ón de la luz espiritual, descienden a repetir ciclo evo­lutivo a la tierra hasta poder alcanzar la perfección en la Luz del Espíritu.

       —¿Y los ángeles caídos, Seño?

       —Entre los que vienen a repetir ciclo evolutivo, entre ellos también descienden los ángeles rebeldes.

       —¿A qué, Señor?

       —Ellos también tienen necesidad de un cuerpo, y vienen a impedir que los demás evolucionen hacia la per­fección de la luz. Intentan sumar, a los menos evolu­cionados, en sus rebeliones en contra de la luz, la ver­dad y el amor.

       —¿Y por qué lo permite Dios?

       —Digamos que forman parte de los hombres, como prue­ba de la perfección de la humanidad en obediencia y acatamiento a su naturaleza divina en la evolución de los hombres que repiten ciclo.

       —¡No comprendo! —exclamo sorprendido.

       —Dios, en su infinita misericordia, no desea que ninguno de sus hijos se pierda. El amor del Padre es­tá por encima del bien y del mal, y no pretende, ni siquie­ra, la muerte de los ángeles sublevados. Pero, éstos, descienden sin memoria. Además, Asael, también descienden ángeles obedientes a Dios, para ayudar a los hombres a evolucionar hacia la luz.

       —Señor, me siento muy confundido, y mi mente siente vértigo. No puedo asimilar tus palabras. Te ruego que me expliques este misterio con palabras que yo pueda comprender y asimilar.

       —Sé, Asael, que en este momento, este misterio se encuentra velado de tu mente. Pero también sé, que tus ojos se abrirán y tu mente comprenderá en el recuerdo de la luz.

       A través de todos los tiempos, la tierra ha sido es­cenario de cruentas batallas. Los viajeros de la luz han mantenido y mantienen, una guerra cósmica contra los viajeros de las tinieblas que obstaculizan los ci­clos evolutivos de la humanidad que tiende hacia la luz del espí­ritu en su vida terrenal.

       —¿Y por qué no podemos contemplar esas guerras?

       —Las podéis ver. Sobre todo, sentir. Están dentro de los corazones de la humanidad. Es la batalla del amor contra el odio, la guerra de la luz contra las ti­niebla y la oscuridad. La mente del hombre es su cam­po de batalla, y su corazón su única arma. Todos los hombres forman parte de esta guerra, unos como solda­dos de la luz, otros lo son de las tinieblas.

       —¿Ángeles contra demonios? —pregunto perplejo.

       —No, Asael. Son los que descienden a la tierra para evolucionar sin memoria de la luz. Ignoran el poder del Espíritu y su propia luz, sus recuerdos y su memoria. Y por esta ceguera combaten contra la luz y del amor, creyéndose ellos mismos la luz del mundo. Pe­ro los iluminados, los siervos de Dios, se sacrifican por el amor y la verdad, para que los ciegos vean la verdadera luz espiritual.

       —¿Quieres decir, Señor, la batalla de la humildad contra la soberbia?

       —Más o menos, Asael.

       —¿Y hasta cuándo, Señor?

       —Hasta que todo sea perfeccionado en la Luz, hasta que el hombre alcance ver la misericordia del perdón de Dios.

       —¿De qué nos tiene que perdonar Dios?

       —En realidad, Asael, son los hombres los que se deben perdonar así mismos. El Padre ya los ha perdonado.

       —¿Cómo puede el hombre perdonarse así mismo?

       —Amándose él, y amando a sus semejantes con la misma fuerza.

       —¿Quieres decir que los hombres no se aman ni siquie­ra así mismo?

       —No de la forma que el Padre desea. Los hombres me­nos evoluciona-dos en el espíritu, llegan a amarse según los deseos de los ojos. Pero no se aman según el deseo del Espíritu Santo.

       —¿Por qué por el deseo del Espíritu Santo?

       —Porque es la bondad del Padre, el don y la fuer­za del amor de Dios.

       —¿Por qué me siento tan cansado, hasta el punto que deseo partir y no volver más?

       Jesús me mira con infinita bondad, y me responde:

       —Lo sé, Asael. Sé como te sientes. Todos sentimos algo parecido en la carne. Pero el Padre os necesita en la batalla del amor. Sólo la muerte física permite al hombre viajar hacia los mundos de la luz. Pero nin­guno de los que han entrado en el Espíritu, se reti­ran de la batalla sin haber cumplido su misión de emba­jador de la Luz.

       —¿Y yo uno de los que repiten nivel evolutivo, o soy de los que descienden para ayudar a evolucionar a los que repiten ciclo?

       El Nazareno me observa en silencio unos instantes, y después me contesta:

       —Es necesario que tú mismo lo averigües. Déjate lle­var por el espíritu y haz caso a los impulsos de tu co­razón, porque Dios se mueve con fuerza en los corazones de sus hi­jos.

       —Pero, ¿y los prejuicios de los demás?

       —Olvídate de los prejuicios que entorpecen y evitan los verdaderos deseos del Espíritu.

       —Es lo que siempre he intentado hacer, Señor. Pero, ¿y las Escrituras que tus siervos enseñan en mi mundo?

       —Debes escudriñarlas con el corazón y espíritu, y no dejarte llevar por los deseos de los ojos de la carne. Sólo entonces, podrás encontrar la verdadera vida que revela las Escrituras, y ser guiado por la verdad del Espíritu Santo.

       —Señor, ¿por qué nos aterroriza tanto la muerte?

       —Porque olvidáis lo que se encuentra detrás de la “puerta”. Porque el hombre teme fundirse con la nada y perder sus recuerdos. Sin embargo, la muerte sólo es el principio de la verdadera vida. En verdad te digo que la angustia del hombre se convertirá en gozo cuan­do atraviese la puerta por última vez y entre en el gozo del Padre.

       —¿Cuándo será esto, Señor?

       —Cuando se complete el número de los que aún están evolucionando hacia la Luz.

       —¿Todos?

       —Todos, Asael.

       —Entones, Señor, ¿por qué todas las religiones del mundo enseñan que en los últimos tiempos vendrán jui­cios terribles sobre la Tierra, donde Dios mismo hará descender fuego sobre los hombres malvados como casti­go por su incredulidad, diezmando a la Humanidad? ¿Es verdad, Señor, lo que se dice sobre la gran tri­bulación del fin del mundo?

       Jesús parece no escucharme. Silencioso extiende las palmas de sus manos hacia la hoguera, como tratando de recoger su calor. Mientras tanto, yo espero su respues­ta con ansiedad. Por un momento, el Nazareno entorna los ojos, como entrando en reflexión unos segundos. Y luego, dirigiendo su mirada hacia mi rostro, contesta con voz grave:

       —El hombre, Asael, yerra mucho en sus propios jui­cios. Casi todos caminan ebrios en su propia verdad, tambaleándose en el camino del espíritu. Sin embargo, todos llegarán al final del camino y entonces se lle­vará una gran sorpresa.

       Verdad es que todo apunta hacia una gran tribulaci­ón jamás vista en la tierra por ojo humano. Si embar­go, el hombre no quiere comprender que, esta gran amargura no viene por deseo de mi Padre, y menos, pa­ra castigar con la muerte a sus hijos...

       —¿Entonces, Señor...?

       —En ese último tiempo de vuestra era, se enfriará el amor en la tierra... Las tinieblas se espesarán en gran manera, y el odio hará oscurecer las mentes de los hombres, y la guerra final será inevitable si antes no se convierten a la Luz. Si no lo hacen, el hombre emple­ará todos sus conocimientos adquiridos al servicio de la maldad. Sus inventos bélicos serán terribles y la Tierra temblará en angustia viendo como los hombres se exterminan los unos a los otros. Cuerpos diabólicos surcarán los cielos buscando aniquilar a sus víctimas. La tierra abrirá sus entrañas vomitan-do fuego y azufre, y los hombres se quemarán en su propio fuego ante el deseo del poder, y enloquecidos en su soberbia, no podrán detener el holocausto mundial...

       —¡Pero eso es horrible, Señor!

       —Espantoso es el odio y el egoísmo, Asael. Espesas tinieblas del mal es no tener amor.

       —Pero, ¿y los inocentes?

       —Los inocentes, Asael, no pasarán por la gran tribulación. Los que se encuentren en la luz, hayan tra­bajado en espíritu y en verdad, serán rescatados antes que se espesen las tinieblas y venga la destrucción.

       —¿Cómo y por quién?

       —Los mundos celestes están alertados y preparados  para ayudar a los que creen y tienen esperanza en la Luz Suprema, y los que se encuentre en luz, verán el camino iluminado a pesar de las densas tinieblas que se manifestarán sobre la Tierra. Y la luz irá a la Luz, y las tinieblas no encontrarán la Luz, y los inocentes serán recatados hasta que termine la locura en la Tie­rra y sea iluminada.

       —Pero ¿por qué no se evita semejante destrucción?

       —Todos los mundos de la luz, se hallan trabajan­do en ese proyecto, para evitar que llegue tan horrible desgracia sobre la humanidad. Si embargo, existe un or­den establecido entre los mundos celestes: El de no intervenir en la lucha armada ni forzar el orden de la Tierra. Sólo proyectar, sobre la humanidad, pensamientos espi­rituales de amor y de luz.

       —¿Y por qué no pueden intervenir?

       —Porque se rompería el orden cósmico establecido por los veinticuatro Ancianos, y que fue dado por la Luz Suprema.

       Es este orden es lo que impide que se manifieste el fin de los mundos, y sólo venga el fin de los tiempos so­bre la Tierra, pero no su destrucción. Sólo el fin de la era, donde la Tierra pasará a formar parte del go­bierno de los veinticuatro Ancianos, y los hombres se­rán súbditos del reino eterno de la Luz.

       —Señor, mi mente comienza a ser un torbellino con sólo pensar en tus revelaciones. Siento tal vértigo, que no puedo asimilar tus palabras. Pues todos mis razona­mientos se me vienen abajo, y me siento como desnudo, engañado de lo que hasta ahora me han enseñado mi mun­do; sobre todo, las religiones.

       Señor, quisiera saber ¿por cuántas eras ha pasado la humanidad?

       —Desde la creación, Asael, los hombres han pasado por doce Eras. Tantas como la Luz ha descendido a la tierra para alumbrar la oscuridad de los hombres. Sin embargo, en cada una de las Eras existe siete épocas, llamadas ciclos evolutivos donde los hombres evolucio­nan hacia la Luz.

       —Quieres decir, ¿qué hubo doce creaciones y siete épocas de razas de hombres?

       —No. Sólo existe una creación donde se manifiestan doce Eras. En cada Era, el Verbo de Dios, desciende a la tierra para guiar al hombre a los reinos celestia­les del Padre. Cada una de las Eras, cuando se manifi­esta el Hijo del Hombre, empieza el principio de las siete épocas, hasta finalizar los tiempos de cada una de las Eras y sus siete épocas con el fin de los tiem­pos, y luego, se manifiesta la nueva Era.

       Sin embargo, en esas siete épocas, y después del sa­crificio del Verbo de Dios, todos los hombres deben ha­cerse súbditos del reino eterno, para participar del gobierno de los veinticuatro Ancianos que adoran y obedecen la Luz Suprema del Eterno Dios.

       —¿Me estás insinuando, Señor, que además de este nuestro mundo la Tierra, existen otros mundos?

       —En verdad te digo, Asael, que muchos no comprenden la grandeza de vuestro Padre celestial. Sin embargo, en la Casa de mi Padre, existen muchas moradas esperando ser habitadas por sus hijos.

       —Y los que habitan esas moradas, ¿también han pasa­do por los ciclos evolutivos de la Creación?

       —Ellos, Asael, ya los han superado.

       —Perdona, Señor, por mí torpeza. Pero tengo que pre­guntarte de nuevo sobre este tema. Antes has dicho que exis­te doce Eras, y en cada una de las Eras siete tiempos... Y mi pregunta es, ¿en qué Era estamos ahora y en qué tiempo vivimos?

       —Entre las doce Eras, Asael, esta es la última. En cuánto a las siete épocas, esta es la primera ahora y aquí. Sin embargo, tu mundo, viviendo la misma Era, ha comenzado a vivir en la séptima época. Por lo tanto, el último tiempo de las siete épocas. Después vendrá el fin de los tiempos, donde se manifestarse la Nueva Era, en la cual sólo reinará el espíritu evolucionado.

       —¿Quieres decir que no habrá más tiempos ni ciclos de evolución sobre la tierra?

       —Así es, Asael. El tiempo no será más. Las señales del fin de los tiempos ya han empezado a manifestarse en tu mundo, mas no todos los hombres las creen.

       —Y nosotros... ¿qué podemos hacer para detener esas señales y evitar el holocausto sobre la tierra?

         —Sólo mostrar la luz, para que los hombres detengan sus tinieblas, para que la sensatez de la luz­ entre en sus mentes oscuras y desistan de su empeño de la inminente hecatombe que se ciñe sobre la humanidad.

       —¿Y si a pesar de todo, no logramos detener las ti­nieblas?

       —Ni carne ni sangre entrará en el reino del Espíri­tu, y no es porque mi Padre no lo quiera, sino porque la carne y la sangre no podría sobrevivir en los mundos de la luz, donde sólo puede entrar los espíritus evolucionados convertidos a la Luz Suprema del Padre. Ya que sus emociones terrenales terminarían destruyendo sus propi­as vidas carnales.

       —Entonces, ¿qué sucederá con nuestros cuerpos terrenales?

       —Serán renovados, transformados y eternos. Cuerpo y alma, formarán una sola cosa en la unión con el espíritu. Pues todo cuerpo necesita de un espíritu, y to­do espíritu, necesita de un cuerpo. Primero lo terrenal, y después lo espiritual.

       —¿Cómo serán nuestros cuerpos, Señor?

       —Exactamente semejantes a los que ahora poseéis, pero renovado. Sin los obstáculos que ahora os sujetan, sin las barreras que ahora os impiden ser ligeros como el viento. Todo os será posible en la Luz.

       —¿Por qué renovados, Señor?

       —Porque no podrían “respirar” en una atmósfera donde reina el más puro amor del espíritu en la luz. Vanida­des, egoísmos, envidias dañinas, odios, violencias y otras maldades no podrán manifestarse en el reino del Espíritu. No podrían “respirar” sin ser destruidos por su propia maleficencia. En los mudos de la luz, sólo existe bon­dad y purísima libertad. 

       —¡Eso es maravilloso, Señor! Pero, ¿qué me dices de los que han de ser condenados eternamente?

       Jesús me mira con el entrecejo levantado. Es como si mi pregunta le hubiese molestado. Sin embargo, sólo es por un momento muy breve, casi, desapercibido. Luego me contesta con infinita paciencia:

       —Si yo os enseño a perdonar a vuestros enemigos, ¿pue­do pediros algo que el Hijo del Hombre no esté dispues­to a cumplir?

       Si yo he manifestado, que ha pesar que los padres te­rrenales no son buenos, y aun así, cuando un hijo le pi­de a su padre un pez, ¿acaso le da una serpiente? O cuando le pide un trozo de pan, ¿le da una piedra? Pues, si los padres terrenales saben dar buenas vian­das a sus hijos, ¿cuánto más os dará vuestro Padre celestial? ¿Acaso puede un padre terrenal ser más misericor­dioso que su Padre celestial?

       —¡Creo que no, Señor!

       —¡Ni lo dudes siquiera, Asael!

       —Entonces, ¿la condenación eterna...?

       —No existe tal, y muchos lo saben.

       —¡No entiendo, Señor!

       —Si la justicia humana, Asael, sabe poner límites a la condena de los malvados, y si los jueces terrena­les ponen fin a las condenas de los reos y les da la libertad, ¿acaso los jueces terrenales son más justos que el Juez celestial?

       — Creo que no, Señor.

       —Nadie hay que sea más justo y más misericordioso que mi Padre celestial —exclama Jesús alzando la voz.

       —Luego entonces, ¿no existe infierno ni lago de fue­go y azufre?

       —Existe, Asael. Pero no como el hombre lo imagina.

       —¿Qué pues el infierno, Señor?

       —Estar separado de Dios.

       —¿Y el lago de fuego y azufre?

       —Las pasiones desenfrenadas de los hombres ciegos en la soberbia del mal. El infierno es no tener espe­ranza ni fe en la vida después de la vida. Tener que repetir ciclo evolutivo sin memoria del cielo. Vivir una vida de egoísmo e incredulidad del Espíritu.

       —Pero eso ya ocurre ahora aquí en la tierra. Lo que yo pregun­to, Señor, ¿es si hay condena eterna en el lago de fuego y azufre? Y si no es eterna, ¿por cuánto tiempo cumpli­rá condena pecador?

       —Todo dependerá de sus fechorías y de sus maldades. Hasta que el fuego purificador acabe quemando sus ma­las obras de tinieblas. Cientos, quizá miles de años...

       —Pero Señor, mientras tanto cumplen condena de puri­ficación, ¿cómo pueden vivir sus familiares en el cie­lo sabiendo los sufrimientos que han de pasar los conde­nados? No se puede vivir sintiendo el cielo mientras la familia es condenada al infierno. ¿Acaso se les borrará la memoria para que no recuerden los sufrimientos de sus parientes y poder así vivir feliz el cielo?

       —No, Asael. Ni a salvos ni a condenados se les bo­rrará la memoria. Pues, el gran gozo de los salvos, es su propio recuerdo de lo que fueron y serán en los mundos de la luz. Así mismo es la memoria de los condenados, el llo­ro y el crujir de dientes. Sin ella, no podrían recor­dar lo que hicieron en tinieblas y lo que podrían ha­berse evitado en la luz del espíritu. Por esto deben te­ner memoria en la purificación de sus maldades, hasta ser quemada todas sus obras, que ellos mismos recorda­rán llorando.

       Sin embargo, Dios misericordioso, en su Infinito Amor de Padre, no los condenará por ser malos, sino que los purificará para que puedan habitar en los reinos del Espíritu al no haber aprovechado sus ciclos evolutivos en la tierra para llegar purificado a la Luz.

       En cuanto al sufrimiento de los familiares, no existen tales sufrimientos. Por cuanto no podrían vivir, el regalo del cielo...

       —No entiendo, Señor. Si los salvos y los que deben ser purificados tienen memoria y recuerdos, ¿Cómo se les puede evitar el recuerdo de los condenados?

       —Sólo unos pocos saben de la grandeza y la gran mi­sericordia de Dios. Para muchos hombres “este misterio’ esta velado de sus ojos, porque aún están en oscuridad y no pueden entender. Pero, para los espíritus evolucionados, el “misterio” deja de ser “misterio” hacién­dose una realizad en la luz. En el Reino de mi Padre no existe el tiempo, toda la eternidad es semejante a un día eterno. Sin embargo, para los condenados a la purificación espiritual, el tiempo acontece exactamente como trascurre ahora en la tierra. Su tiempo de purificación puede durar,  como ya te he dicho, cientos o miles de años terrestres. Sin embargo, para los que viven en los reinos celestiales, antes que éstos puedan notar la falta de los que han sido mandados a purificación, ya habrán vuelto junto a sus seres queridos, limpios de toda obra de maldad, transformados y eternos con Dios.

     

  • posibilidad cero

    "Tus ausencias no son fáciles. Espero tus palabras, tu contacto (siempre leve), tus miradas que me recorren y me embellecen. Ya ves, te digo esto porque no estás... Nunca te lo diría a la cara. No estoy hecho para luchar contra las dificultades y entre nosotros hay tantas. Me gustaria poder sentirte, aunque sólo fuera por un instante. Poder compartir contigo lo poco que puedo ofrecer, hacer de tu piel mi piel y de tu sudor el elixir que sacia mi sed. Las utopías son caminos de frustración y prefiero tenerte así que perderte para siempre. Así que viviré con intensidad nuestras conversaciones intrascendentes, nuestro contactos leves y esos guiños de complicidad que nos regalamos.", escribió esto en una nota y decidió dejarla en el parabrisas de su coche. Ella lo sorprendió. "¿Qué haces?"."Nada, estaba quitándote un panfleto de publicidad, pero ya lo he tirado". Estrujó con fuerza el papel que tenía en las manos y con él aplastó todas sus posibilidades de cambiarlo todo.

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